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Fernando Millán y algo así como un cuerpo

La última vez que Fernando Millán estuvo en Barcelona vino para hacer una actuación en la Sala Metrònom, dentro de una sesión del ciclo Viatge a la Polinèsia dedicada a la poesía acción y en la que participaron además de él Esther Ferrer, Fernando Aguiar y Giovanni Fontana. Recuerdo que Ferrer dio el inicio con una performance en la que se desnudaba. Y Fernando Millán, cuando le tocó su turno, apareció, junto con Diana Nicolás, vestido sólo con una bata. No cabe decir que las batas desaparecieron y Millán ejecutó una pieza que, muy lejos de un escándalo por otro lado a estas alturas imposible, escenificó lo que me parece que ha marcado gran parte de su obra: el cuerpo en relación con la escritura.
Empezó leyendo en su infancia novelas del espacio y cualquier cosa que tocara sus manos y –las cosas son así- evolucionó hacia una escritura rupturista con la tradición, una escritura que abandonó como en las primeras vanguardias la línea recta y que sobre todo deconstruyó el lenguaje en un proceso que sólo después de la Segunda Guerra Mundial se dio. Y por eso pienso que no es azar que el cuerpo aparezca tanto en la obra de Millán. Poco tiene que ver con el referente clásico de Man Ray. Millán intuyó y asumió la corporeidad de la escritura, la naturaleza propia que nuestra tradición cultural ha impreso en la letra. Y en Millán hay letras que forman manos y cuerpos que son una hoja en blanco y una conciencia de estar entre la imagen y la palabra.
Me parece que no hemos atendido lo suficiente al papel de Millán así como tampoco al de sus compañeros generacionales, aunque lo cierto es que Millán es el que más destaca y el que ha generado una obra más rica y continuada. Y digo que no hemos atendido lo suficiente por dos motivos. El primero es que Millán y todo el entorno de N.O. son los primeros que en España asimilan una ruptura iniciada en la poesía concreta brasilera y que supera con creces el estadio de las primeras vanguardias. Atacan, por decirlo así, a la raíz de la escritura: la letra. Y este es el rasgo que identifica los autores propiamente de la posguerra. Porque el segundo rasgo importante –fundamental en el análisis de la obra de Millán- es que se trata de un autor nacido después de la Guerra Civil, a diferencia de los autores que durante los años sesenta mantuvieron vivo en España el espíritu de vanguardia (Brossa, Campal, Castillejo, Viladot…). Con lo cual nos encontramos con un autor que, aunque más joven que los que desde siempre han estado considerados los padres de la poesía visual y de la escritura de vanguardia de la posguerra, es de hecho el verdadero instigador –no sé hasta qué punto podemos afirmar que varió la forma de escritura de los autores mencionados- y en cierta medida el único que, desligado generacionalmente de la herencia de las primeras vanguardias, podía asumir plenamente un modo de escritura visual.
Pero parece aún difícil que la literatura castellana reconozca no ya el espacio de Fernando Millán sino también el de todos los autores que después de la Guerra Civil iniciaron un modelo de escritura rupturista. Paradójicamente podemos afirmar que el proceso, en este sentido, ha sido el inverso al de la poesía de vanguardia en los Países Catalanes. El relativo ostracismo al que se vieron obligados autores como Brossa, Viladot e Iglésias del Marquet por cuestiones lingüísticas durante la época franquista contrasta con el reconocimiento que durante los noventa les brindó el mundo literario, sobre todo en el caso de Brossa, a estas alturas un nombre ineludible en cualquier historia de la literatura catalana, sea del color que sea. Por el contrario, en el caso de la literatura castellana hay tan sólo mínimas referencias a la obra de autores como Castillejo, Pino, Boso y el propio Millán, y esto a pesar de que la prensa de la época se hizo eco ampliamente de las actividades de ellos y de que incluso el régimen no los vio como enemigos. Así las cosas, es necesario que desde dentro de la propia literatura castellana haya un movimiento de reconocimiento hacia estos autores, aunque sólo sea por no hacer el ridículo obviando este capítulo tan importante de su historia.
Y de esto y de muchas otras cosas hablamos Millán y yo en esas conexiones telefónicas Madrid-Barcelona. Me da la impresión de que Millán se resigna en parte; y por suerte no pierde fuerza, al contrario. Y quién sabe si la crítica literaria perdió interés por la poesía de vanguardia por ese silencio que se produció en los años ochenta: Millán se distanció, Boso murió en 1983, Castillejo vivía y vive aún la mayor parte del tiempo fuera de España … Así que habrá que retomar la iniciativa y mostrar la validez no ya de un modelo de escritura centrado en una época sino la de una manera de ver la literatura que ha existido siempre y que estalló definitivamente durante el S XX. Es cierto que Millán, como Esther Ferrer y Castillejo, bebe mucho de una estética, la de los sesenta, en parte superada, pero creo firmemente que por su trayectoria y por lo que aún tiene por delante se le tiene que hacer un hueco dentro de los nombres que han marcado la poesía castellana de la segunda mitad del S XX. Y ya no insistire: los cuerpos se mueven y ya nadie podrá decir que no ha visto nada: Millán ve las letras y alguien ha visto a Millán.
No quisiera extenderme más: los datos y la obra se abrirán camino cuando alguien haya pasado esta página. Como fin a estas palabras deslizo este poema que escribí ya hace un buen rato para Fernando. Y todo es en la escritura y nada es.

De la mateixa manera
com marxo,
de la mateixa manera,
de la mateixa manera.
De la mateixa manera
com torno,
de la mateixa manera,
de la mateixa manera.


Eduard Escoffet


Barcelona, septiembre de 2000. Publicado en Ideogramas, emblemas y mitogramas. Antología poética (1965-2000), de Fernando Millán (Jaén, 2001).


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